El cansancio de optimizarnos.
Esa tensión constante entre el que soy y el que podría ser.
Desde que tengo uso de razón enfrento esa contradicción. Me genera ansiedad esa sensación de que constantemente podría estar haciendo las cosas mejor: comer mejor, dormir más, optimizar mejor mi tiempo, ser más productivo, administrar mejor mis finanzas, meditar más para estar presente, entrenar para tener mejor estado físico, leer más o leer mejor, no conectarme tanto a las redes sociales para no alienarme, pero a la vez sentir que debería estar haciendo crecer mi engagement para poder construir mejor mi marca personal. Me cansé de sólo pensar en todo esto. Me acordé de esa maravillosa publicidad del diario The Independent que siempre usamos como referencia para cuando queremos hablar de todos los mandatos que constantemente recibimos de nuestra sociedad.
Lo divertido es que cuando lo miro objetivamente, a la sociedad le importa un pepino lo que yo haga con mi vida. Al que le importa es a mí. Me lo confirmó Byung-Chul Han, en “La Sociedad del Cansancio” (2010). El dice que somos nosotros los que nos autoexplotamos. Nosotros somos a la vez el explotador y el explotado y que cambiamos los “tienes que” por un “puedes hacerlo mejor” que termina siendo una presión constante porque siempre hay algo que no hacemos lo suficientemente bien. Me lo recuerda todas las noches mi reloj, cuando me muestra los anillos de pararme, entrenar y moverme. Me da premios cuando supero constantemente esos desafíos y me anima a mantener la racha. Y soy yo el que se desanima cuando no puedo lograrlas.
A ver, para que se entienda, no es que no me interese ser mejor o estar mejor. Pero creo que puede llegar un momento en el que nos hartemos de esa presión por estar mejorando constantemente. O sea, que nos cansemos de estar cansados de vivir al debe.
¿Y cuáles podrían ser las implicancias o posibilidades que vendrán como consecuencia de este cansancio de optimizarnos?
Voy a intentar hacer el ejercicio de pensar en esas consecuencias con un framework en el que vengo trabajando, del que espero hablar próximamente. Básicamente consiste en una mirada tipo escalera o circular —según la sugerencia que me hizo mi colega Pilar Solano—, que va paso a paso intentando mirar posibilidades como si fuera un efecto dominó. Por ejemplo:
La señal: nos estamos cansando de esa obligación de tener que estar optimizándonos constantemente.
Lo que provoca: rebeldía. Un día decido, por ejemplo, sacarme el reloj y no prestar más atención a los tres anillos qué son como los KPIs que me avisan de pararme, entrenar y moverme. Otro día decido borrar de mis metas, la obligación de tener que leer por lo menos un libro al mes. Y así, empiezo a apagar de mi “dashboard de la vida” todos los indicadores y mediciones que constantemente me estaban recordando lo bien o mal que lo estaba haciendo. Entonces a partir de ese momento decido que voy a hacer las cosas sin medirlas. Me voy a parar porque tengo ganas de pararme, o voy a leer solo los libros que realmente me generen placer leer pero no porque tenga que cumplir la meta de leerlo. Y si quiero, me voy a demorar todo el tiempo que sea porque no quiero apurarme por terminarlo antes de fin de mes, sino que voy a detenerme leyendo y releyendo todas las veces que quiera un pasaje, porque me gustó o porque quiero entenderlo más profundamente.
Lo que transforma: Suponiendo que fuera posible apagar esa señal, transformaría existencialmente mi manera de abordar muchas cosas. O sea, seguiría haciéndolas seguramente, porque después de todo son cosas que me gusta hacer, pero sin la presión de tener que cumplir. Pero entonces podrían darse consecuencias interesantes. En algunos casos podría mejorar sin darme cuenta. Tal vez podría hacer mucho más ejercicio del que me indicaba el reloj, solo porque no lo estaba calculando. O disfrutar mucho más de cosas porque las estoy haciendo consciente de que elijo hacerlas, pero sin la presión de hacerlas perfecto. Entonces el error no es algo que se transforma en un verdugo. La fecha límite deja de ser un generador de ansiedad. Y si lo pienso así, todo empieza a parecer y a sonar bastante utópico y maravilloso. Pero todo tiene un pero.
Las tensiones que genera: Acá es donde viene la realidad. Porque si bien en muchos aspectos está bueno poder soltar esa obsesión por estar constantemente perfeccionándonos, soltar completamente las riendas en todos los aspectos, puede resultar caótico. Si dejo de cuidarme en la comida, posiblemente lo disfrute un montón durante un buen tiempo, pero tarde o temprano, el cuerpo me va a pasar la cuenta: colesterol alto, riesgos cardíacos, pesadez. En otros aspectos podría comenzar a sentir un estancamiento o un vacío. Esa cosa rara que sentimos y para lo que no tenemos una explicación, pero que nos genera incomodidad. Después de todo, hay algo medio atávico en nuestra forma de ser humanos que nos invita a ir siempre un poco más allá y a no quedarnos solamente con lo que tenemos. Entonces viene el momento de la síntesis, por decirlo desde una lógica Hegeliana: está bien que me canse de tener que hacerlo todo perfecto, está mal que desde ese cansancio largue todo al cuerno y no me importe nada más, necesito encontrar un equilibrio.
Las oportunidades que crea: Quizás en la búsqueda de ese equilibrio es donde nacen las oportunidades para el futuro. O donde lo podemos empezar a escribir. Hay cosas que sí necesitan un seguimiento y una mejora constante o al menos un control. Y hay otras que pueden ser concebidas por el simple hecho de poder disfrutarlas, no para mejorarlas, sino para vivirlas.
Me acordé de la película de Wim Wenders “Perfect Days” (2023) sobre un hombre que limpia baños en Tokio y que encuentra en una vida muy simple, la paz y la felicidad de las pequeñas cosas: la música, la literatura, comer en un restaurante muy básico. Y claro, mirado desde afuera puede parecer una vida placentera o al menos más tranquila, pero siendo completamente honestos, creo que la mayoría de nosotros sentiría un poco de ansiedad después de un par de meses de esa vida que por lo demás, también es rutinaria y que tiene sus matices, que si bien no están explícitos, también se pueden entrever en las cosas que calla.
En el cansancio de hoy, que vemos en tantos contenidos y mensajes de redes sociales, se ven señales que hablan de no querer salir, no querer ver a nadie, quedarse en paz, sin pensar, desconectarnos. Peter Handke, premio Nobel de literatura en 2019, sostiene que hay un cansancio un poco “mejor”, que surge por ejemplo después de caminar por una montaña, o trabajar en un proyecto creativo, o pasar un día con amigos. Es un cansancio que lejos de frustrarnos, nos produce calma, nos pone más receptivos y permite que nos conectemos con otros desde otro lugar. En esa lógica, algunas ideas que podrían surgir para abordar positivamente este fenómeno desde la innovación y las marcas:
Dejar de vender soluciones y empezar a legitimar nuevos comportamientos.
Crear soluciones que permitan reducir la carga cognitiva. ¿Qué preocupaciones podemos sacar completamente de las personas?
Prestigiar la lentitud. Empezar a construir imaginarios de prestigio asociados a la paciencia, a la duración, a la profundidad.
Transformar el descanso en un activo social.
Cambiar las métricas. ¿Qué pasa si aparecen nuevos indicadores?: tiempo recuperado, horas sin pantalla, conversaciones profundas.
Pasar de consumidor a cuidador. La economía actual privilegia a consumidores maximizando beneficios. La narrativa del futuro tal vez pueda incentivar a los cuidadores: de ciudades, de energía, de comunidades.
Infraestructura emocional. Quizás ahí está el patrón que conecta todo. Hoy privilegiamos los ecosistemas y la infraestructura de la información, la logística, las finanzas. Posiblemente la gran disrupción venga de los que generen infraestructura emocional. No como una app para meditar, sino como espacios que privilegien la ocurrencia de esas experiencias humanas que nos hacen “descansar” en el buen sentido: volver a conversar, conocer vecinos, reparar cosas, caminar.
En conclusión, un volver a cosas más esenciales. Hoy hablamos de “economía de la atención”, quizás pronto empecemos a hablar de “economía de la capacidad.” La próxima generación de marcas admiradas podría ser la que nos devuelva esa capacidad: de pensar, de descansar, de decidir, de relacionarnos, de cuidar.


Qué necesario era este artículo! Me siento muy identificada.